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La revolución que se avecina


“Si hay imposición, habrá revolución”, gritaban el otro día los jóvenes del movimiento Yo Soy #132 pero, ¿existe en realidad la posibilidad de connatos de violencia producto de un descontento social provocado por la imposición de un presidente impulsado mediáticamente hasta la silla presidencial?

En el 2006, al desconocerse la voluntad popular e imponernos a un presidente que -se decía-, sería el presidente del empleo, existió un riesgo real de que actos violentos tuvieran lugar. Más de 10 millones de mexicanos estaban dispuestos a todo y -si no hubiera sido por la actuación responsable de Andrés Manuel López Obrador y el conjunto de acciones que aún hoy utilizan los medios y los partidos PRI y PAN para vendernos la idea de un AMLO conflictivo e intolerante-, lo más probable es que esa explosión de violencia tuviese efectivamente lugar.

No es extraño que el presidente del empleo se olvidara de su promesa de generar empleos y se enfocara en una guerra sin cuartel contra el crimen organizado que ha producido más de 60 mil muertes, por lo menos 30 mil de ellas de personas inocentes.

Antes de continuar -porque lo que diré a continuación es un argumento incómodo para ciertos grupos de interés-, deseo aclarar que lo que expresaré son únicamente mis opiniones particulares, producto de mi percepción y de un ejercicio de lógica; que no puedo ofrecer pruebas al respecto y que yo muy bien pudiera estar equivocado.

Además, deseo enfatizar mi postura acerca de que lo que vierto en este blog es únicamente mi opinión y que no tengo el menor interés de influir en lo que otras personas crean. El lector puede libremente definirse a favor o declararse en contra de lo que digo.

Tan solo ejerzo mi derecho a expresarme libremente y -aunque habrá quien afirme que utilizo la libertad de expresión para explotar mi propio libertinaje-, intentaré mantenerme objetivo en el tema que ahora abordo.

En primer lugar referiré al controversial fraude electoral del 2006. Fox ha declarado recientemente que hizo cuanto pudo -según él, dentro del contexto legal-, para evitar que López Obrador llegara a la presidencia, con lo que de una u otra manera está aceptando implícitamente que algún tipo de fraude fue cometido.

Pero más allá de las irreflexivas declaraciones de este tristemente célebre personaje, que al principio de su mandato nos instó que le rezáramos a la virgencita de Guadalupe para que se compusiera la economía de los Estados Unidos -aún no sé si en un afán de protagonismo muy a su más particular estilo de decir las cosas sin pensarlas demasiado o en un arranque de inusitada brillantez-, está el hecho de que existen pruebas matemáticas que sustentan con solidez la teoría del fraude.

Creo que todos sabemos que las matemáticas son el lenguaje universal, el idioma de la ciencia y que, cuando las matemáticas meten sus narices en cualquiera de nuestros asuntos, su elocuencia es contundente.

Veamos porqué. Las matemáticas fueron inventadas con dos propósitos fundamentales: para medir y para predecir.

De su aporte subjetivo surgieron pseudo-ciencias, como la astrología y la numerología, que no adquieren la validez que les otorgaría el método científico por fundamentarse en la percepción de quienes las practican, una percepción acomodaticia en la que basan sus opiniones. De ahí su carácter subjetivo.

Desde su perspectiva objetiva, las matemáticas cumplen su propósito original y se constituyen en un instrumento que nos permite estudiar como se gestan los cambios, al permitirnos medir la diferencia entre un estado anterior y el estado actual. Así mismo, gracias a esta medición, nos dotan de la capacidad de predicción, permitiéndonos preveer como se producirán los cambios futuros.

Pues bien, el sustento matemático de la teoría del fraude del 2006 tiene relación con el método de medición de la decisión ciudadana.

Podríamos asumir -sin más-, a priori, que el país estaba divido, al grado que la mitad de la población apoyaba a un candidato y la otra mitad al otro. Es válida esta suposición. Al menos lo es para el común de los individuos que deciden no ejercer un escrutinio crítico que les permita ver que esto está más relacionado con el dogma de fé que con una explicación objetiva. Simplemente es ese tipo de cosas que posiblemente ocurrirían en un mundo cuántico, donde también podría atravesar paredes como un fantasma.

Quizás el que se otorgara el triunfo a Calderón y se le negara a López Obrador en el 2006 pueda ser explicado -para una mente perezosa-, con un postulado tan sencillo, como el de que el país estaba dividido.

No obstante, lo atípico es que al graficar los datos del PREP, que se suponen parte de un muestreo aleatorio -¡está bien, está bien! para los que siguen insistiendo en que esta teoría raya en la ciencia ficción, los datos del PREP forman una población, que no es lo mismo que una muestra, les concedo eso-, ya que al provenir de una población tan heterogénea como lo es la que forma este país, tan diverso en etnias y con un extenso y rico bagage cultural, se constituye en un muestreo aleatorio, las curvas que representaban -en esa época-, los votos tanto a favor de AMLO, como a favor de Calderón, tuvieran exactamente el mismo comportamiento.

Para exponerlo en terminos mucho más simples: Cada candidato -AMLO y Calderón-, tenían asociada una curva que describía la preferencia electoral a su favor.

Ambas curvas presentaron un comportamiento sospechosamente similar. Es decir, al dibujarlas, una era la imagen especular -como el reflejo en un espejo-, de la otra.

Dado que la votación proviene directamente de la población y -considerando que en gustos se rompen géneros-, matemáticamente es imposible que este fenómeno se presente, sin que los datos que lo denuncian sean tendenciosos. En pocas palabras, que hayan sido acomodados a propósito para reflejar un resultado previamente convenido.

No existe posibilidad de argumentar eso. Son matemáticas, la ciencia exacta por excelencia. ¿Qué se puede argumentar contra un análisis matemático que tenga mayor validez que las pruebas que dicho análisis ofrece?

Al estudiar matemáticas, lo primero que se nos advierte es que, si bien, las matemáticas tienen la capacidad de darnos resultados numéricamente incuestionables, la realidad se rige por reglas más allá de la matemática, como la ética, por ejemplo.

Para ilustrarlo, suponga que un industrial produce desechos tóxicos y necesita deshacerse de ellos. Una alternativa es construir un silo seguro en el que almacenarlos, pero eso le costaría una muy cuantiosa inversión, que se prolongaría en el tiempo debido al mantenimiento que requeriría.

Por otro lado, sabe de la existencia de un terreno baldío en una región mayormente despoblada, donde podría arrojar los desechos sin tener que construir un almacén.

Matemáticamente, la decisión de arrojar los desechos en el terreno baldío es la decisión óptima, ya que reduce los costes para el industrial, pero no es la decisión ética.

Lo que pretendo puntalizar con este ejemplo es que -a pesar de que algunas veces no consideremos óptimos en todos los contextos los resultados que nos ofrecen las matemáticas-, son óptimos aunque solo sea numéricamente.

Más aún, el que -aunque solo sea numéricamente-, el hecho de que los resultados de las matemáticas sean óptimos, les confiere -a su vez-, la propiedad de ser incuestionables.

Ambos candidatos tenían estos datos. Incluso los Pinos también los tenía. Calderón supo -desde el primer instante-, que no la tenía sencilla. Se dio cuenta de que para lograr validar su usurpación, necesitaba algo más que ser el presidente del empleo.

Tenía la misma información que AMLO respecto al riesgo de violencia y -a diferencia de AMLO-, decidió iniciar una “guerra contra el crimen organizado”, en vez de encontrar una manera de calmar los ánimos sin incitar a mayor violencia.

Después de todo, siempre pueden existir chivos expiatorios. Después de todo, siempre se puede acusar al narcotráfico.

Hoy, Calderón continua defendiendo sus acciones, insiste en que tomó la decisión correcta ¿para el país? y afirma que lo volvería a hacer. Más aún, exige a su sucesor que continue su guerra.

La candidata de su partido dice desconocer una investigación de la guerra contra el crimen organizado. Evade dicha investigación, sabiendo que es necesaria y la descalifica alegando que una Comisión de la Verdad sería una regresión a las antiguas dictaduras de la América Latina. Enfatiza su posición con respecto a fortalecer al Estado, solicitándonos que no la tergiversemos y confundamos su Estado Fuerte con un Estado Autoritario.

¿Por qué investigar la guerra contra el crimen organizado es necesario?

Porque permite identificar sus fundamentos, sus justificaciones. Permite evaluar los resultados y medir el desempeño de sus actores. Permite identificar áreas de oportunidad y formular estrategias para alcanzar objetivos concretos.

¿Por qué una Comisión de la Verdad es necesaria?

Porque dicha Comisión es el único instrumento de garantizar transparencia.

¿Existe hoy el riesgo real de connatos de violencia producto de la imposición de un candidato al que no queremos?

Por supuesto. Es tan real hoy, como lo fue hace tan solo seis años.

Pero la Revolución a la que me refiero en este artículo no tiene que ver en lo absoluto con un conflicto armado. No se relaciona de manera alguna con movimientos sociales violentos encaminados a exigir el respeto a nuestros votos.

La Revolución a la que me refiero está teniendo lugar justo ahora, de manera callada, pero contundente. No necesitamos disparar armas, solo tenemos que elevar nuestra voz.

Es una Revolución producto de la evolución de la política de nuestro país a lo largo de incontables décadas, desde el levantamiento armado que tan solo pretendía en su inicio las restauración de la corona española, usurpada por José Bonaparte, hasta nuestros días, pasando por setenta años de la dictadura perfecta, a los doce años de gobiernos PANistas.

El descontento social ha existido siempre. Los intereses de nuestros gobiernos se han encauzado a mantener el statu quo, a expensas del pueblo a quien dicen representar.

En épocas contemporáneas hemos sido testigos de movimientos como los del 68, el descontento que provocó el fraude electoral de 1988, el levantamiento del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional, el magnicidio de Colosio, la era dorada de la alternancia, la imposición de Calderón a través del fraude electoral del 2006 y, hoy en día, el movimiento Yo Soy #132, que se expresa a favor de la imparcialidad mediática y de la transparencia del proceso.

El que hoy surja Yo Soy #132 no es una cuestión aleatoria ni -mucho menos-, casual. Yo Soy #132 es el resultado lógico de décadas de abusos cometidos por la élite en el poder y su relevancia histórica es que dicha élite no podrá nunca más ejercer su dominio como su tradición lo ha dictado desde siempre, permitiéndoles gozar de una impunidad artificial que es tan frágil como su poder, que han insistido en presentarnos como absoluto e incuestionable, a pesar de que ellos mismos saben que terminará en el momento en que el pueblo no continue dispuesto a tolerar más atrocidades.

El poder de Yo Soy #132 radica en su juventud. Son jóvenes que aún no han sido viciados por el sistema. Expresan su sentir, su ideología, sus necesidades.

Surge en un ambiente universitario, porque la Universidad eso es: subversión, cuestionamiento.

La Universidad no es solo el recinto que resguarda el conocimiento humano, también promueve su desarrollo y -para hacerlo-, requiere que el conocimiento se genere a través de la divergencia; nunca a través de la convergencia.

El conocimiento es suversivo -así nos lo han mostrado siglos de historia-. Cuestiona las antiguas praxis para hacer surgir a las nuevas. Nace de una diferencia de opiniones y se desarrolla en medio de corrientes paralelas que defienden posturas distintas, hasta que una se impone a la otra por mecanismos de la razón.

Yo Soy #132 no podía haber nacido en otro lugar.

El poder de Yo Soy #132 radica también en la transición evolutiva que está sufriendo -justo en este instante- nuestra sociedad.

A través del acontecer histórico, incontables cambios se han gestado. Nuestra sociedad está supercomunicada. Apenas quedan resquicios de lo que fuera la sociedad de hace medio siglo, que era mucho más fácil de manipular.

El hoy que vivimos, poco tiene que ver con el albor de los ochentas. Los noventas introdujeron la Internet, consolidando la era de la información.

Aún más, el México de hoy muy poco se parece al México de hace 17 años. En la película de Los piratas del valle del silicio, se atribuye a Steve Jobs el haber afirmado que “… la información es poder…“, en la escena en que compartían él y Wozniak conocimientos con el famoso Captain Crunch.

Hoy más que nunca somos testigos de que tal afirmación es correcta. El poder subyacente de la Internet reside en que democratiza la información y ese es el fundamento del poder de Yo Soy #132.

¿Qué más pruebas se requieren de que el viejo sistema agoniza? La banalidad de los intentos de un sistema en extinción, representa solo a los estertores de un poder que se sustentaba en una corrupción que prevalescía por la gracia de la impunidad.

Una impunidad que no es más sustentable, que se ve amenazada por los efectos de la trancisión a la era de la información, en la que las reglas del juego se han modificado y -ellos-, los políticos a la vieja usanza, poco o nada pueden hacer para deternerla.

Yo Soy #132 no ha hecho más que consolidar esta nueva era y en este aspecto se fundamenta la Revolución de la que habla este artículo.

Muchas cosas deberán cambiar. La política no puede ya ser la misma de antes. La manera de hacer política ha cambiado. Nuevas reglas se han establecido y lo que veremos en el futuro, será un acontecer político que termine alineandose con los estatutos que le dicte la era de la información.

Si desea contactar al autor, puede escribirle a manuelmanrique@comocrearnegociosexitosos.com.

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