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¿Es la Democracia una doctrina obsoleta?


¡Hola de nuevo! Tras algunas semanas de no hacer acto de presencia en mi blog, regreso ahora con este tema que considero relevante por muy diversas razones, más allá de la incipiente jornada electoral que viviremos a mediados de año en mi país.

Antes de abordarlo, creo necesario ofrecerles una explicación acerca de mi ausencia durante las últimas semanas. Como puntualicé en el “Día 1” de Mi Diario Secreto, el proceso de creación de un negocio suele requerir analizar con detenimiento cada aspecto de éste, lo que hace preferible evitar escatimar con el recurso principal de todo proyecto: el tiempo. En mi nuevo libro “Cómo crear negocios exitosos”, soy bastante claro en este aspecto particular: ¡Todo negocio merece una cuidadosa planeación!

Pues bien, sin la intención de excusarme, la razón de mi ausencia ha sido que he dedicado la mayor parte de este periodo a trabajar en la definición de –no solo-, el nuevo emprendimiento al que te he invitado a participar, sino de dos proyectos más, muy excitantes e innovadores que he retomado y de los cuáles proporcionaré detalles en su momento y –por supuesto-, a los que te invitaré a participar.

Pero no es este el propósito al que he destinado este artículo. Sin embargo, permanece pendiente, porque en el transcurso de los siguientes días añadiré entradas nuevas a Mi Diario Secreto, en las que te mostraré paso a paso lo que he estado haciendo en lo relativo al proyecto de negocios al que ya te he invitado.

Quise abordar el tema de la Democracia porque es relevante para comprender la manera en que el acontecer político puede afectar a la economía y -¡desde luego!- a nuestros proyectos de negocios.

Haciendo de nueva cuenta referencia a mi nuevo libro “Cómo crear negocios exitosos”, en él destaco la importancia de comprender la economía si eres emprendedor, ya que la economía te ayuda a visualizar los eventos que se gestan, que influyen en el desempeño de los negocios y te permite formular estrategias para abordar a tu mercado con la tranquilidad de que aplicas las acciones más adecuadas para tomar ventaja de estos.

Con estos precedentes, entremos en materia. Entendamos primero qué es la Democracia para –a partir de esta base-, comprender de qué manera influirá en el desempeño de nuestros emprendimientos y la eficiencia de nuestras decisiones al respecto.

Etimológicamente, la palabra democracia –se presume-, proviene de dos raíces griegas <demos>, que podemos traducir como pueblo y <krátos>, que se traduce como poder o gobierno y que –tras siglos de evolución-, hoy podemos asociar con el poder del pueblo, o la capacidad de este para influir en el destino de la nación.

Hace algunos años surgió una situación en la que comencé a percibir la democracia como una doctrina obsoleta. Con el tiempo, descubrí que no soy el único que ha albergado esa idea. Sin embargo, esta creencia es falaz si se considera que existen dos formas de democracia –en general-, cada una de las cuales da lugar a una diversidad de doctrinas con la misma base, pero con rasgos muy distintivos que implementan un conjunto de características que las diferencian unas de otras.

Armando Ribas pone especial énfasis a la gran relevancia de la revolución americana que condujo a la independencia de los Estados Unidos de América, puntualizando que lo que la hace destacable es el nacimiento de un sistema de gobierno que privilegia los derechos individuales, por encima de los derechos del pueblo.

Él mismo hace referencia a la Revolución Gloriosa, o Revolución de 1688, que condujo al derrocamiento de Jacobo II por parte de la unión de Parlamentarios -que dio inicio a la democracia parlamentaria moderna inglesa-, como principal antecedente para el sistema de gobierno qué –un siglo después-, los americanos adoptarían.

Ribas también habla de la “Rule of Law”, que es una máxima legal que sugiere que todas las decisiones gubernamentales deben ser tomadas aplicando los principios legales conocidos. Aristóteles escribió que “es la ley la que debería gobernar”.

En otras palabras, esta máxima implica que cada ciudadano debe sujetarse a la ley, lo cual obviamente contrasta con la idea de que el regidor esté por encima de la ley y Ribas declara que: “La rule of law implica la limitación del poder político, que se hace imposible cuando el gobierno se apropia de la eticidad de la sociedad, al descalificar éticamente los intereses particulares como contrarios al interés general.

Hasta este punto se hace por demás evidente que Ribas pone como referente a los Estados Unidos, al compararle con todos los demás gobiernos del mundo y –para él-, el privilegio que los Estados Unidos dan a los derechos individuales, le caracterizan como un país con una democracia funcional, si se le compara con –por ejemplo-, lo que llamamos democracia en la mayoría de las naciones latinoamericanas.

Pongamos por ejemplo que –en una empresa-, se ha decidido otorgar un premio a los trabajadores por haber logrado una meta de productividad; pero este premio consiste en dos tipos diferentes de bonificación y se ha decidido que los trabajadores deberán elegir solo uno de ellos, entendiendo previamente que uno de los premios es más atractivo para el personal con menores recursos económicos que el otro y viceversa.

Dado que la mayoría de los trabajadores ganaran la elección –lo cual es predecible-, aquellos que no pudieron imponerse deberán aceptar la decisión de la mayoría sin posibilidad de apelación.

¿Podemos decir que la elección fue justa, siendo que el resultado final era evidente antes de someter la decisión a votación? Creo que no necesito decir que no lo fue.

Dado que el resultado era previsible, la mera votación es más un insulto a la inteligencia de los trabajadores disfrazado de condescendencia y –por supuesto-, la mayoría de los trabajadores ni siquiera se enteró de este hecho.

Cada grupo de trabajadores buscaba un factor de valor diferente. Un grupo se impuso al otro, tan solo porque era más numeroso. El crear un proceso de votación cuyo resultado podía preverse, no tenía como finalidad beneficiar a quien menos tiene, sino darles a los individuos la sensación de que se les toma en cuenta.

Esto es la demagogia y al menos en mi país, -aunque parece una epidemia que ataca no solo a América Latina, sino a la mayor parte del mundo-, es precisamente lo que los políticos hacen cuando convocan a elecciones.

Aunque existen diversos partidos políticos en mi país, los tres principales son usualmente identificados como “izquierda”, “centro” y “derecha”.

Solo por aportar una referencia histórica, los calificativos “izquierda” y “derecha”, que se aplican a las modernas asociaciones e ideologías políticas, provienen de la Francia Revolucionaria. En la Asamblea Constituyente existían dos grupos de diputados enfrentados: el de la Gironda -que se situaba a la derecha del presidente- y el de la Montaña –que se ubicaba a su izquierda. Al centro había una masa indiferente a la que se le conocía como El Llano o La Marisma. El grupo de los Girondinos pretendía restaurar la monarquía, mientras que los de la Montaña se promulgaban a favor de un régimen revolucionario.

A raíz de esto es que hoy denominamos como izquierda a toda aquella ideología que pretende defender los intereses populares y como derecha a la que se muestra a favor de los intereses privados. Sin embargo, estos calificativos –al menos históricamente-, se pierden en una niebla de confusión.

Aun cuando pareciese inconexo, es buen momento para identificar los dos sistemas económicos principales: el así llamado peyorativamente por Marx Capitalismo y el Comunismo, propuesto –entre otros-, por el personaje referido.

En términos llanos, el capitalismo promueve la propiedad privada de los medios de producción, al tiempo que el comunismo se fundamenta en la propiedad colectiva de los mismos.

Esto da pie a la controversia sobre cuál sistema es mejor que el otro y –aunque en lo personal, el capitalismo me parece más sensato (sin que se entienda que le considero mejor)-, es el origen de todas las discusiones sobre la equidad y la justicia social inherentes a dichos sistemas.

Pero yendo a mayor profundidad, hay también un contexto ético-filosófico muy importante en ambos y que debo destacar: el capitalismo reconoce y promueve la idea de que los seres humanos somos diferentes unos de otros, mientras que el comunismo nos considera como iguales.

La visión de la naturaleza de la esencia humana implícita en cada uno de estos sistemas es por demás relevante.

Es muy cierto que en las sociedades capitalistas existe una profunda desigualdad social y que las sociedades socialistas –que es un orden derivado del comunismo- otorgan igualdad a sus miembros a través de la propiedad colectiva de los medios de producción, pero también es muy cierto que los individuos tenemos talentos distintos, que no es factible acotar en pro de la igualdad y son precisamente los talentos individuales los que añaden o restan viabilidad a uno y otro sistema.

De nueva cuenta, por favor, no tergiverses mis palabras. Yo creo en la igualdad de derechos. Como individuos, debemos ser considerados iguales en el sentido de las garantías y las obligaciones a que somos acreedores como parte de una nación. Todos tenemos derecho a una vida digna, a tener acceso a la educación y otros servicios sociales, como la salud.

No obstante –y, aunque suene elitista-, lo que nos hace “individuos”, es el conjunto de nuestras preferencias, aptitudes, actitudes, habilidades,… y talentos.

Yo jamás me sentaría a ver un partido de futbol ni –mucho menos-, participaría activamente en uno. Sin embargo, vivo inmerso en una sociedad que ama el futbol. Así mismo, soy muy bueno para entender y crear algoritmos, al mismo tiempo que hay muchos otros informáticos que le sacan la vuelta a la programación.

En otras palabras, hay un conjunto de características personales que me hacen ser quien soy y –debido a ellas-, soy distinto a todos los demás seres humanos.

Aun así, tengo derecho a ser acreedor a todas las garantías que me ofrece la Constitución Política de mi país y estoy sujeto a todas las obligaciones que me impone.

No es lo que me identifica como individuo lo que me hace acreedor a dichas garantías y obligaciones, sino la igualdad de derechos  con respecto a todos mis compatriotas.

El simple hecho de que cada ser humano tiene talentos que le distinguen, le da el derecho a explotarlos como mejor le convenga y eso justifica la existencia de la propiedad privada.

El malentendido con respecto a la propiedad colectiva de los medios de producción surge de que -esta propuesta-, emerge de un principio falaz de igualdad, que debería comprenderse como una igualdad de derechos, pero se confunde con una igualdad de circunstancias,  lo que –desde mi perspectiva-, nada tiene que ver con la propiedad.

La idea de diferenciar la propiedad de los medios de producción tiene su origen en la presunción de que el capitalismo explota a las masas en favor de minorías; de ahí que el concepto de igualdad sea malinterpretado.

No obstante, la historia es un juez implacable y la evidencia salta a la vista, por donde quiera que se mire. El socialismo ha demostrado ser disfuncional, el capitalismo ha tenido periodos oscuros y aun así, la China comunista ha presentado un crecimiento económico sostenido de alrededor de un 9%, lo cual no debería ocurrir en una economía comunista.

Examinemos lo anterior a detalle. Estados Unidos es la sociedad capitalista más relevante del mundo. Internamente, a pesar de las diferencias sociales, el nivel de vida del ciudadano estadounidense es mejor que en muchos otros países del mundo. Estados Unidos ha enfrentado serios problemas económicos, no por efectos del capitalismo per se, sino más bien debido a la aplicación de estrategias económicas erróneas que le han producido déficits sin paralelo.

Por otra parte, el socialismo europeo ha dado origen a la depresión que la Unión Europea está enfrentando justo ahora y –esto-, ha planteado serios cuestionamientos acerca de la eficiencia de los regímenes socialistas.

China, a la que atribuimos un régimen comunista gracias a Mao, en términos económicos, no se comporta como tal. Aproximadamente a fines de los setentas, los chinos se dieron cuenta de que el comunismo totalitario estaba generando mayores divergencias sociales que las que debía prevenir y –como resultado de ello-, abrieron su economía para permitir la inversión privada. Como resultado de todos estos factores, hoy China presenta al mundo un crecimiento económico sorprendente.

Justo es decir que la propiedad privada no es tan diabólica -como nos han hecho creer- y que la igualdad –como nos la presentan los políticos populistas-, tampoco es tan buena como nos dicen.

Un gobierno en el que prevalezca la Rule of Law y que se rija por un sistema capitalista que utilice la propiedad privada como un recurso para crear condiciones de prosperidad generalizadas, producirá una sociedad equitativa. Esto es así porque inyectará dinamismo a su economía, lo cual impulsará el crecimiento económico, mismo que estará sustentado en la capacidad de producir los satisfactores que sus ciudadanos demandan, producidos a través de la propiedad privada de los medios de producción.

Un gobierno que pretenda alcanzar la equidad a través de la propiedad colectiva, por otra parte, tarde o temprano enfrentará déficits, debido principalmente a que la equidad que se busca es artificial. Con el fin de dar equidad a los ciudadanos, el gobierno se ve obligado a incrementar su gasto público, lo que más tarde, o más temprano, resultará en déficits.

Desde un enfoque simplista, la función principal del gobierno es garantizar un determinado nivel de empleo. En la medida que lo consiga, se constituirá en un gobierno funcional. Para lograrlo, el gobierno hace uso de la política fiscal, a través de la cuál regula el gasto público y las tasas impositivas.

Por otro lado, el banco central hará otro tanto mediante la política monetaria, modificando su oferta monetaria y/o las tasas de interés.

Dado que tanto el banco central como el gobierno son independientes uno del otro, las políticas fiscal y monetaria no necesariamente son compatibles.

Cuando el gobierno actúa incrementando su gasto público o reduciendo las tasas impositivas, se obtiene un efecto inflacionario, que más tarde repercutirá en el nivel de empleo.

Eso es lo que sucede en las economías socialistas. La igualdad social que pretenden, solo puede lograrse subsidiando la producción de satisfactores, lo que incrementa el gasto público. Se dice -sin embargo-, que en las economías socialistas no existe la inflación. No obstante, mantener la “Igualdad de circunstancias” es costoso y tiene impacto directo en el gasto público.

La razón para decir que la inflación no existe en una economía socialista radica que dichas economías son planificadas, de manera que pueda eliminarse la especulación. El efecto de esto es una economía –como la cubana-, en que los precios se han mantenido sin cambios por espacio de décadas. No obstante, la inflación se traduce en la escasez.

Ahora, una vez que hemos sentado las bases, ¿qué relación tiene todo esto con el tema de la democracia?

En mi país vivimos una democracia representativa, lo cual significa que elegimos representantes que son quienes se encargan de tomar las decisiones económicas que afectan a la sociedad. En el caso de mi país, estos representantes siguen la ideología de un partido, la cual está ligada a un determinado modelo económico, acercándose a alejándose de éste en una cierta medida.

Así, hay partidos de izquierda, a los que aquí se les asocia más con una izquierda moderada, dado que ninguno es abiertamente socialista pero que, sin embargo, para que su ideología cuadre con la defensa de los intereses del ciudadano, hacen uso de instrumentos tales como los subsidios.

También hay partidos de derecha, cuya ideología pretende defender la propiedad privada. Y Partidos de centro, que mezclan ideologías tratando de encontrar mayor congruencia en su compromiso social.

La demagogia inicia cuando los aspirantes a posiciones públicas preparan sus discursos para obtener votos. Le dicen a la gente exactamente lo que quiere oír y así garantizan su participación en el proceso.

Utilizan los resultados cuestionables de los representantes de otros partidos para darle validez a sus propuestas, pero las propuestas de cada uno solo son emitidas para conseguir que la gente les favorezca con su voto.

Es muy bonito señalar, por ejemplo, que solicitar cuotas en las escuelas de nivel básico y medio es anticonstitucional, ya que la Constitución garantiza el derecho a la educación gratuita, y también lo es señalar que se le debe regalar la medicina a los enfermos o pagársela si no se tiene disponible, por poner un par de ejemplos.

Sin embargo, lo que no se dice en esa propaganda es que las cuotas que piden las escuelas son para el mantenimiento de las escuelas y para adquirir material didáctico, ya que los líderes del sistema educativo difícilmente proporcionan dichos recursos.

Por otro lado, si bien, los medicamentos deberían ser gratuitos para los asegurados, lo que no se menciona es que se requieren recursos para hacer disponibles los medicamentos.

Ambos son claros ejemplos que conducen a un incremento en el gasto público, el cual solo puede desembocar en inflación y, cuando esta se presente, el banco central reducirá la oferta monetaria, o elevará las tasas de interés para restringir la actividad económica, generando desempleo.

Lo que pretendo decir es que debemos ser muy cautelosos ante la oferta política. Elegir a un representante por la ideología del partido conlleva el inconveniente de que elegimos –casi siempre-, a un representante que utiliza los instrumentos que su partido le facilita para conseguir votos.

No es que sean promesas vanas. A veces no lo son. La pregunta relevante es si dichas promesas son viables.

Por efectos del populismo, la población deja de discernir la oferta política para evaluar si las promesas de campaña realmente son factibles y el costo de llevarlas a cabo.

Es común que se elija al representante por la simpatía que despierta, o por pura empatía con el partido.

Lo raro es que la elección se base en un escrutinio de las promesas de campaña y en una ponderación de los costos que llevan implícitos.

Votar por un partido cuya ideología defiende la propiedad privada pero, al mismo tiempo promete que generará empleo para los recién graduados es una incongruencia. Si ofrece crear el primer empleo de un joven que acaba de salir de la universidad, lo hace simplemente porque sabe que hay una gran demanda de puestos de trabajo y pocas oportunidades para conseguirlo. Le da al recién graduado la esperanza de que si dicho partido gana, automáticamente tendrá las oportunidades que le son vedadas. Sin embargo, para cumplir esta promesa, debe sacrificar su compromiso con quienes poseen los medios de producción y pueden otorgar los empleos, o bien, para compensarlos, les permite pagar sueldos cada vez más bajos.

En todo caso, una aplicación irresponsable de nuestro derecho a la democracia nos conducirá a un resultado económico dado. Que gane tal o cual partido es relevante si se considera el impacto que tendrá en la economía la aplicación de las promesas de campaña, si es que estas llegan a cumplirse alguna vez.

Es necesario comprender que los aspirantes siempre van a decir qué; lo que callan es el cómo y es ahí precisamente donde se oculta el efecto sobre la economía.

No es mi propósito defender ni atacar a ninguno de los contendientes, a pesar de que así pudiera parecer por los ejemplos que he proporcionado. Más bien, el mensaje subyacente es que deberíamos escrutar la oferta política y decidir en base a lo que nos parezca viable, sensato, y menos costoso para el crecimiento económico del país.

Manuel Manrique

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